CUENTOS PARA EDUCAR EN VALORES
Cuentos infantiles para educar en valores
La mayor ventaja educativa, sin duda ninguna, es la capacidad que tiene un cuento de transmitir valores. Quizás no hayamos reparado conscientemente en ello, pero si lo analizamos, la mayoría de los valores más firmemente arraigados en nuestra propia personalidad llegaron a nosotros de la mano de algún cuento.
Todas las historias, y los cuentos son una más, tienen un argumento lógico que une las distintas partes, haciéndolas mucho más fáciles de recordar. De esta forma, nuestra memoria almacena precisamente ese hilo argumental porque es la unión de todos esos elementos y, por tanto, la forma más sencilla de tener acceso al resto de detalles de la historia. Y es precisamente la moraleja el mejor resumen de un cuento, y por tanto lo que mejor retenemos del mismo.
Igualmente hay que destacar la utilidad de los cuentos para enseñar cosas nuevas. Precisamente por la facilidad con que se recuerda la historia principal, y por su importancia como nexo de unión, el cuento permite acceder fácilmente a los demás detalles. De hecho, las historias han sido utilizadas siempre para transmitir ideas y conocimiento, empezando por la mismísima Biblia y el propio Jesús de Nazaret, cuyas parábolas fueron una forma de enseñanza realmente reveladora. Si no, podéis hacer la prueba vosotros mismos, si habéis visto alguna película o documental sobre algún tema histórico, seguro que recordáis el momento de la historia mejor que otros que no se han visto reforzados con imágenes.
La mayor ventaja educativa, sin duda ninguna, es la capacidad que tiene un cuento de transmitir valores. Quizás no hayamos reparado conscientemente en ello, pero si lo analizamos, la mayoría de los valores más firmemente arraigados en nuestra propia personalidad llegaron a nosotros de la mano de algún cuento.
Todas las historias, y los cuentos son una más, tienen un argumento lógico que une las distintas partes, haciéndolas mucho más fáciles de recordar. De esta forma, nuestra memoria almacena precisamente ese hilo argumental porque es la unión de todos esos elementos y, por tanto, la forma más sencilla de tener acceso al resto de detalles de la historia. Y es precisamente la moraleja el mejor resumen de un cuento, y por tanto lo que mejor retenemos del mismo.
Igualmente hay que destacar la utilidad de los cuentos para enseñar cosas nuevas. Precisamente por la facilidad con que se recuerda la historia principal, y por su importancia como nexo de unión, el cuento permite acceder fácilmente a los demás detalles. De hecho, las historias han sido utilizadas siempre para transmitir ideas y conocimiento, empezando por la mismísima Biblia y el propio Jesús de Nazaret, cuyas parábolas fueron una forma de enseñanza realmente reveladora. Si no, podéis hacer la prueba vosotros mismos, si habéis visto alguna película o documental sobre algún tema histórico, seguro que recordáis el momento de la historia mejor que otros que no se han visto reforzados con imágenes.

Cuento sobre la obediencia: MICAELA Y EL HADA DE LA OBEDIENCIA
- ¿Número 3?, pensé que aquí venían muchos niños y niñas de todo el mundo.
- Tienes razón, en realidad ese es mi número favorito, ji, ji, ji, se rió Brillo Dorado.
- ¿Y qué haces por aquí?, este es un lugar muy lejano.
- Mamá me ha enviado, estoy buscando al Hada de la Obediencia, necesito hablar con ella.
- Pues hoy es tu día de suerte, yo te llevaré - dijo Brillo Dorado.
Es así como juntos emprendieron el viaje. Subieron sobre unas nubes que los transportaron por el cielo y durante el trayecto adoptaban diversas formas, ¡eran hermosas!
Luego bajaron cerca de un río con aguas cristalinas, treparon sobre una hoja de eucalipto se dejaron llevar por las aguas hasta la próxima orilla, ¡Todo era muy divertido! Al final del camino había un castillo muy pequeñito, y Brillo Dorado dijo:
- Aquí es, ya llegamos, yo puedo entrar porque soy pequeño, pero tú necesitas pasar por la prueba de la humildad.
- ¿Cómo es eso? – preguntó Micaela.
- Sólo párate frente a la puerta y si tu corazón tiene dentro el sentimiento de humildad te harás pequeña y podrás entrar.
- ¿Y si no resulta?, tengo miedo Brillo Dorado –dijo Micaela.
- No te preocupes, eres una buena niña. Todo saldrá bien. Entonces Micaela se paró frente a la puerta del pequeño castillo y de pronto, como por arte de magia, se hizo tan pequeña que pudo entrar fácilmente.
- Qué bueno, ya estamos adentro, -se alegró Micaela-, vamos a buscar al hada de la Obediencia, amigo ratoncillo. En medio de un gran altar estaba el Hada, con una sonrisa hermosa.
- Hola, Micaela, ¿qué te trae por aquí?, -preguntó el Hada.
- ¿Cómo está usted, señora Hada?, necesito saber el secreto de la obediencia, pues me está resultando difícil ser obediente con mamá. - Es fácil, querida amiga. ¿Recuerdas las nubes que te trajeron y el río en el que navegaste hasta acá? Pues ser obediente es ser como las nubes que pasan adoptando la forma que el viento les da, son hermosas y pueden ir fácilmente a cualquier lugar.
También ser obediente es ser como el agua que fluye, que corre hacia abajo y llega al océano. El que es obediente tiene ventaja ante Dios, no es una tarea fácil pero te ayudará mucho a escuchar y aceptar las opiniones de los demás.
FIN
Cuento de Fabiola Osorio Domínguez (Perú)
- ¿Número 3?, pensé que aquí venían muchos niños y niñas de todo el mundo.
- Tienes razón, en realidad ese es mi número favorito, ji, ji, ji, se rió Brillo Dorado.
- ¿Y qué haces por aquí?, este es un lugar muy lejano.
- Mamá me ha enviado, estoy buscando al Hada de la Obediencia, necesito hablar con ella.
- Pues hoy es tu día de suerte, yo te llevaré - dijo Brillo Dorado.
Es así como juntos emprendieron el viaje. Subieron sobre unas nubes que los transportaron por el cielo y durante el trayecto adoptaban diversas formas, ¡eran hermosas!
Luego bajaron cerca de un río con aguas cristalinas, treparon sobre una hoja de eucalipto se dejaron llevar por las aguas hasta la próxima orilla, ¡Todo era muy divertido! Al final del camino había un castillo muy pequeñito, y Brillo Dorado dijo:
- Aquí es, ya llegamos, yo puedo entrar porque soy pequeño, pero tú necesitas pasar por la prueba de la humildad.
- ¿Cómo es eso? – preguntó Micaela.
- Sólo párate frente a la puerta y si tu corazón tiene dentro el sentimiento de humildad te harás pequeña y podrás entrar.
- ¿Y si no resulta?, tengo miedo Brillo Dorado –dijo Micaela.
- No te preocupes, eres una buena niña. Todo saldrá bien. Entonces Micaela se paró frente a la puerta del pequeño castillo y de pronto, como por arte de magia, se hizo tan pequeña que pudo entrar fácilmente.
- Qué bueno, ya estamos adentro, -se alegró Micaela-, vamos a buscar al hada de la Obediencia, amigo ratoncillo. En medio de un gran altar estaba el Hada, con una sonrisa hermosa.
- Hola, Micaela, ¿qué te trae por aquí?, -preguntó el Hada.
- ¿Cómo está usted, señora Hada?, necesito saber el secreto de la obediencia, pues me está resultando difícil ser obediente con mamá. - Es fácil, querida amiga. ¿Recuerdas las nubes que te trajeron y el río en el que navegaste hasta acá? Pues ser obediente es ser como las nubes que pasan adoptando la forma que el viento les da, son hermosas y pueden ir fácilmente a cualquier lugar.
También ser obediente es ser como el agua que fluye, que corre hacia abajo y llega al océano. El que es obediente tiene ventaja ante Dios, no es una tarea fácil pero te ayudará mucho a escuchar y aceptar las opiniones de los demás.
FIN
Cuento de Fabiola Osorio Domínguez (Perú)
Las conejitas que no sabían respetar. Cuento sobre el respeto para niños
Había una vez un conejo que se llamaba Serapio. Él vivía en lo más alto de una montaña con sus nietas Serafina y Séfora. Serapio era un conejo bueno y muy respetuoso con todos los animales de la montaña y por ello lo apreciaban mucho. Pero sus nietas eran diferentes: no sabían lo que era el respeto a los demás. Serapio siempre pedía disculpas por lo que ellas hacían. Cada vez que ellas salían a pasear, Serafina se burlaba: 'Pero mira que fea está esa oveja. Y mira la nariz del toro'. 'Sí, mira que feos son', respondía Séfora delante de los otros animalitos. Y así se la pasaban molestando a los demás, todos los días.
Un día, cansado el abuelo de la mala conducta de sus nietas (que por más que les enseñaba, no se corregían), se le ocurrió algo para hacerlas entender y les dijo: 'Vamos a practicar un juego en donde cada una tendrá un cuaderno. En él escribirán la palabra disculpas, cada vez que le falten el respeto a alguien. Ganará la que escriba menos esa palabra'.
'Está bien abuelo, juguemos', respondieron al mismo tiempo. Cuando Séfora le faltaba el respeto a alguien, Serafina le hacía acordar del juego y hacía que escriba en su cuaderno la palabra disculpas (porque así Séfora tendría más palabras y perdería el juego). De igual forma Séfora le hacía acordar a Serafina cuando le faltaba el respeto a alguien. Pasaron los días y hartas de escribir, las dos se pusieron a conversar: '¿no sería mejor que ya no le faltemos el respeto a la gente? Así ya no sería necesario pedir disculpas'.
Llegó el momento en que Serapio tuvo que felicitar a ambas porque ya no tenían quejas de los vecinos. Les pidió a las conejitas que borraran poco a poco todo lo escrito hasta que sus cuadernos quedaran como nuevos. Las conejitas se sintieron muy tristes porque vieron que era imposible que las hojas del cuaderno quedaran como antes. Se lo contaron al abuelo y él les dijo: 'Del mismo modo queda el corazón de una persona a la que le faltamos el respeto. Queda marcado y por más que pidamos disculpas, las huellas no se borran por completo. Por eso recuerden debemos respetar a los demás así como nos gustaría que nos respeten a nosotros'.

Había una vez un conejo que se llamaba Serapio. Él vivía en lo más alto de una montaña con sus nietas Serafina y Séfora. Serapio era un conejo bueno y muy respetuoso con todos los animales de la montaña y por ello lo apreciaban mucho. Pero sus nietas eran diferentes: no sabían lo que era el respeto a los demás. Serapio siempre pedía disculpas por lo que ellas hacían. Cada vez que ellas salían a pasear, Serafina se burlaba: 'Pero mira que fea está esa oveja. Y mira la nariz del toro'. 'Sí, mira que feos son', respondía Séfora delante de los otros animalitos. Y así se la pasaban molestando a los demás, todos los días.
Un día, cansado el abuelo de la mala conducta de sus nietas (que por más que les enseñaba, no se corregían), se le ocurrió algo para hacerlas entender y les dijo: 'Vamos a practicar un juego en donde cada una tendrá un cuaderno. En él escribirán la palabra disculpas, cada vez que le falten el respeto a alguien. Ganará la que escriba menos esa palabra'.
'Está bien abuelo, juguemos', respondieron al mismo tiempo. Cuando Séfora le faltaba el respeto a alguien, Serafina le hacía acordar del juego y hacía que escriba en su cuaderno la palabra disculpas (porque así Séfora tendría más palabras y perdería el juego). De igual forma Séfora le hacía acordar a Serafina cuando le faltaba el respeto a alguien. Pasaron los días y hartas de escribir, las dos se pusieron a conversar: '¿no sería mejor que ya no le faltemos el respeto a la gente? Así ya no sería necesario pedir disculpas'.
Llegó el momento en que Serapio tuvo que felicitar a ambas porque ya no tenían quejas de los vecinos. Les pidió a las conejitas que borraran poco a poco todo lo escrito hasta que sus cuadernos quedaran como nuevos. Las conejitas se sintieron muy tristes porque vieron que era imposible que las hojas del cuaderno quedaran como antes. Se lo contaron al abuelo y él les dijo: 'Del mismo modo queda el corazón de una persona a la que le faltamos el respeto. Queda marcado y por más que pidamos disculpas, las huellas no se borran por completo. Por eso recuerden debemos respetar a los demás así como nos gustaría que nos respeten a nosotros'.
Preguntas de comprensión lectora sobre el cuento
1. Responde 'V' si la afirmación es Verdadera y 'F' si es Falsa:
- Serapio era el papá de Serafina y Séfora
- Pedir disculpas lo soluciona todo y por ello no es importante aprender a respetar
- Solo debemos respetar a nuestros padres y maestros
- Debemos tratar a los demás como quisiéramos que nos traten a nosotros
2. Describe a los personajes con adjetivos:
- Serapio
- Serafina y Séfora
3. ¿Qué significa 'Respetar a los demás'?
4. Recuerda alguna vez en que sentiste que alguien te faltó el respeto (puede ser alguna vez en que alguien se burló de ti por algo). ¿Cómo te sentiste en ese momento?
5. Subraya las palabras que no conozcas, búscalas en un diccionario e intenta utilizarlas cuando converses con tus papás y maestros.
Cuento enviado por Decxy Araque, Venezuela
1. Responde 'V' si la afirmación es Verdadera y 'F' si es Falsa:
- Serapio era el papá de Serafina y Séfora
- Pedir disculpas lo soluciona todo y por ello no es importante aprender a respetar
- Solo debemos respetar a nuestros padres y maestros
- Debemos tratar a los demás como quisiéramos que nos traten a nosotros
2. Describe a los personajes con adjetivos:
- Serapio
- Serafina y Séfora
3. ¿Qué significa 'Respetar a los demás'?
4. Recuerda alguna vez en que sentiste que alguien te faltó el respeto (puede ser alguna vez en que alguien se burló de ti por algo). ¿Cómo te sentiste en ese momento?
5. Subraya las palabras que no conozcas, búscalas en un diccionario e intenta utilizarlas cuando converses con tus papás y maestros.
Cuento enviado por Decxy Araque, Venezuela
La desobediente tortuguita Ruby. Cuento infantil
Era una vez una tortuguita que se llamaba Ruby y que vivía con su mamá y sus dos hermanitas tortugas. Un día, la mamá le dijo a Ruby que cuidara de sus hermanitas porque ella iba al campo en busca de unas hojas frescas para comer.
Ruby le contestó que sí, que ella cuidaría de sus hermanas. Pero a lo lejos, Ruby, la tortuguita, escuchó una música que le gustaba y se colocó una blusa de color rojo, un sombrero, una falda amplia y se puso sus tacones para ir a bailar, porque decía que le gustaba esa música que estaba sonando.
Cuando llegó al lugar de donde venía la música, se encontró que allí vivía un perro que se llamaba Franklin, el cual le dijo que él tenía mucha hambre y que si ella no había pasado por algún lugar adonde hubiera comida abundante.
Ella le dijo:
- Tranquilo amigo, yo te voy a ayudar a conseguir comida. Cuando tu dueño se ponga a comer me avisas.
Así fue, cuando el señor José se iba a llevar un muslo de pollo a la boca, vino la tortuguita Ruby y le mordió el dedo gordo del pie. Del dolor que le produjo la mordedura de la tortuga, soltó el muslo de pollo de inmediato, llegó el perro y se lo llevó corriendo para comérselo lejos porque tenía mucha hambre.
El señor José se puso a llorar; de inmediato su esposa, la señora María le preguntó que por qué daba tantos gritos. Él le mostró la herida que le había hecho la tortuguita y le pidió que llenara una olla grande con agua y la pusiera en el fogón a calentar para meter a la tortuguita dentro del agua caliente y poderla comer.
Después llegó el perro y escuchó que la señora María buscaba afanada a la tortuguita porque el agua ya estaba caliente, pero Franklin, el perro, sabía que matarían a su amiga la tortuguita Ruby por haberlo ayudado a conseguir comida.
Olfateó dónde se encontraba la tortuguita que se encontraba debajo de una cama y le dijo:
- Sssssh..., no te preocupes, que cuando se acuesten yo te abro la puerta para que salgas.
Cuando oscureció la tortuguita Ruby salió y el perro se despidió de ella en la puerta.
La tortuguita tuvo mala suerte porque un señor que iba paseando por la calle la vio y la metió en un saco, pero como el perro vio que Ruby la tortuguita estaba en peligro, corrió muy deprisa y mordió en la nalga al señor.
Luego el señor soltó el saco y el perro Franklin ayudó a salir a Ruby, la tortuguita, del saco, cuando de pronto vieron que la mamá de la tortuguita venía, llamándola, junto con sus hermanitas.
La tortuguita Ruby le prometió a su mamá que la obedecería, ya que casi pierde la vida por desobedecerla. Y además, no había sido tan responsable dejando a sus hermanitas solitas.
FIN
Este cuento nos ha sido enviado por Alcira Ruby Londoño Velez, Colombia.

Era una vez una tortuguita que se llamaba Ruby y que vivía con su mamá y sus dos hermanitas tortugas. Un día, la mamá le dijo a Ruby que cuidara de sus hermanitas porque ella iba al campo en busca de unas hojas frescas para comer.
Ruby le contestó que sí, que ella cuidaría de sus hermanas. Pero a lo lejos, Ruby, la tortuguita, escuchó una música que le gustaba y se colocó una blusa de color rojo, un sombrero, una falda amplia y se puso sus tacones para ir a bailar, porque decía que le gustaba esa música que estaba sonando.
Cuando llegó al lugar de donde venía la música, se encontró que allí vivía un perro que se llamaba Franklin, el cual le dijo que él tenía mucha hambre y que si ella no había pasado por algún lugar adonde hubiera comida abundante.
Ella le dijo:
- Tranquilo amigo, yo te voy a ayudar a conseguir comida. Cuando tu dueño se ponga a comer me avisas.
Así fue, cuando el señor José se iba a llevar un muslo de pollo a la boca, vino la tortuguita Ruby y le mordió el dedo gordo del pie. Del dolor que le produjo la mordedura de la tortuga, soltó el muslo de pollo de inmediato, llegó el perro y se lo llevó corriendo para comérselo lejos porque tenía mucha hambre.
El señor José se puso a llorar; de inmediato su esposa, la señora María le preguntó que por qué daba tantos gritos. Él le mostró la herida que le había hecho la tortuguita y le pidió que llenara una olla grande con agua y la pusiera en el fogón a calentar para meter a la tortuguita dentro del agua caliente y poderla comer.
Después llegó el perro y escuchó que la señora María buscaba afanada a la tortuguita porque el agua ya estaba caliente, pero Franklin, el perro, sabía que matarían a su amiga la tortuguita Ruby por haberlo ayudado a conseguir comida.
Olfateó dónde se encontraba la tortuguita que se encontraba debajo de una cama y le dijo:
- Sssssh..., no te preocupes, que cuando se acuesten yo te abro la puerta para que salgas.
Cuando oscureció la tortuguita Ruby salió y el perro se despidió de ella en la puerta.
La tortuguita tuvo mala suerte porque un señor que iba paseando por la calle la vio y la metió en un saco, pero como el perro vio que Ruby la tortuguita estaba en peligro, corrió muy deprisa y mordió en la nalga al señor.
Luego el señor soltó el saco y el perro Franklin ayudó a salir a Ruby, la tortuguita, del saco, cuando de pronto vieron que la mamá de la tortuguita venía, llamándola, junto con sus hermanitas.
La tortuguita Ruby le prometió a su mamá que la obedecería, ya que casi pierde la vida por desobedecerla. Y además, no había sido tan responsable dejando a sus hermanitas solitas.
FIN
Este cuento nos ha sido enviado por Alcira Ruby Londoño Velez, Colombia.
Cuentos con valores para niños: La ardilla mudita
En una pequeña isla, en medio del océano, vivía una feliz familia de ardillas que llevaba una vida muy tranquila.
Cada día correteaban por las rocas, jugaban con las gaviotas y cangrejos, comían todo tipo de frutos, se recreaban mirando al mar y tomaban el sol disfrutando del paisaje.
Una mañana, al despertar, descubrieron que no estaba la ardilla Mudita, la más pequeña de las hermanas y salieron a la playa para buscarla enseguida.
— ¡Muditaaaaaa!, ¿dónde estás? — gritaron todos con mucha fuerza.
— ¿Dónde habrá ido?—dijo la hermana mediana a punto de llorar.
— No puede haber ido muy lejos — contestó la ardilla mayor haciendo un mohín.
Mientras los padres ardillas se miraban uno a otro desolados sin pronunciar palabra.
— Vamos a dividirnos en dos grupos — dijo al fin papá ardilla rompiendo su silencio.
Mamá ardilla y la hermana mayor salieron en dirección a la carretera, por otro lado, papá ardilla y la hermana mediana fueron a buscarla por la montaña de los cactus.
— ¿Habéis visto a Mudita por aquí? — preguntaron las primeras a unos ratones que tomaban el sol adormilados.
— No, contestaron los ratones, no la vemos desde hace días.
— ¿Le ha sucedido algo?— preguntaron enseguida.
Y mamá ardilla les contó angustiada que la ardillita muda había desaparecido.
— Nosotros os ayudaremos a buscarla — dijeron, y salieron en dirección al bosque de palmeras.
— ¿Habéis visto a Mudita por aquí? — preguntaron los segundos a unas gaviotas.
— No, contestaron las gaviotas, no la vemos desde ayer.
— ¿Le ha sucedido algo? — preguntaron enseguida.
Y papá ardilla les contó angustiado que la ardillita muda había desaparecido de la noche a la mañana.
— Nosotras os ayudaremos a buscarla — dijeron y volaron por tierra y mar en su busca.
Al atardecer, todos volvieron a casa muy cansados sin haber encontrado a la pequeña ardilla. Se miraban unos a otros muy tristes y callados sin saber qué hacer ni qué decir cuando, de repente, dijo uno de los ratoncitos:
— ¿Habéis oído eso?
Todos agudizaron el oído y escucharon:
Ras, ras, ras, ras, ras…
Entraron en la cueva y oyeron, ahora más cerca, el extraño ruido.
Ras, ras, ras, ras, ras…
Papá ardilla se adelantó y se dirigió al rincón de donde venían los extraños ruiditos.
— ¡Mudita, estás aquí! — dijo gritando de la emoción.
La ardillita muda estaba aprisionada por la patita y no podía salir de allí. Entre todos lograron levantar la roca y dejarla libre.
La familia de ardillas abrazó a Mudita con mucha fuerza y todos los amigos celebraron que estuviera viva y sana.
En una pequeña isla, en medio del océano, vivía una feliz familia de ardillas que llevaba una vida muy tranquila.
Cada día correteaban por las rocas, jugaban con las gaviotas y cangrejos, comían todo tipo de frutos, se recreaban mirando al mar y tomaban el sol disfrutando del paisaje.
Una mañana, al despertar, descubrieron que no estaba la ardilla Mudita, la más pequeña de las hermanas y salieron a la playa para buscarla enseguida.
— ¡Muditaaaaaa!, ¿dónde estás? — gritaron todos con mucha fuerza.
— ¿Dónde habrá ido?—dijo la hermana mediana a punto de llorar.
— No puede haber ido muy lejos — contestó la ardilla mayor haciendo un mohín.
Mientras los padres ardillas se miraban uno a otro desolados sin pronunciar palabra.
— Vamos a dividirnos en dos grupos — dijo al fin papá ardilla rompiendo su silencio.
Mamá ardilla y la hermana mayor salieron en dirección a la carretera, por otro lado, papá ardilla y la hermana mediana fueron a buscarla por la montaña de los cactus.
— ¿Habéis visto a Mudita por aquí? — preguntaron las primeras a unos ratones que tomaban el sol adormilados.
— No, contestaron los ratones, no la vemos desde hace días.
— ¿Le ha sucedido algo?— preguntaron enseguida.
Y mamá ardilla les contó angustiada que la ardillita muda había desaparecido.
— Nosotros os ayudaremos a buscarla — dijeron, y salieron en dirección al bosque de palmeras.
— ¿Habéis visto a Mudita por aquí? — preguntaron los segundos a unas gaviotas.
— No, contestaron las gaviotas, no la vemos desde ayer.
— ¿Le ha sucedido algo? — preguntaron enseguida.
Y papá ardilla les contó angustiado que la ardillita muda había desaparecido de la noche a la mañana.
— Nosotras os ayudaremos a buscarla — dijeron y volaron por tierra y mar en su busca.
Al atardecer, todos volvieron a casa muy cansados sin haber encontrado a la pequeña ardilla. Se miraban unos a otros muy tristes y callados sin saber qué hacer ni qué decir cuando, de repente, dijo uno de los ratoncitos:
— ¿Habéis oído eso?
Todos agudizaron el oído y escucharon:
Ras, ras, ras, ras, ras…
Entraron en la cueva y oyeron, ahora más cerca, el extraño ruido.
Ras, ras, ras, ras, ras…
Papá ardilla se adelantó y se dirigió al rincón de donde venían los extraños ruiditos.
— ¡Mudita, estás aquí! — dijo gritando de la emoción.
La ardillita muda estaba aprisionada por la patita y no podía salir de allí. Entre todos lograron levantar la roca y dejarla libre.
La familia de ardillas abrazó a Mudita con mucha fuerza y todos los amigos celebraron que estuviera viva y sana.
Cuento infantil sobre la bondad y la solidaridad: el sapito y la luna
Al amanecer, un pequeño sapo que acababa de nacer escuchó hablar de la belleza de la luna. Muy decidido salió en su busca.
— Voy buscando a la luna, — dijo primero a una culebra que tomaba el sol placenteramente.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
La culebra pensó por un momento tragarlo de un bocado; pero, le hizo tanta gracia su inocencia que le respondió:
— Vas por buen camino, sigue adelante y con el paso del tiempo la encontrarás.
El sapito muy animado reanudó su camino feliz.
— Estoy buscando a la luna, — dijo más tarde a un águila.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
El águila pensó por un momento tragarlo de un solo bocado; pero, le hizo tanta gracia su inocencia que le respondió:
— Sigue tu camino tranquilo, con un poco más tiempo la encontrarás. Ella te saldrá a buscar.
Y así fue preguntando a todos los animales que iba encontrando por el camino hasta que empezó a anochecer.
— Voy buscando a la luna, — dijo a un búho que estaba en la rama de un árbol.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
El búho sonrió al ver al pequeño sapito.
— Sigue tu camino. Enseguida saldrá a buscarte.
El sapito muy animado reanudó su camino feliz.
— Voy buscando a la luna, — dijo después a unas juguetonas luciérnagas.
— ¿Sabéis si voy por buen camino?
Las luciérnagas le contestaron muy divertidas.
Cuando nosotras dejemos de lucir, mira al cielo. Ella saldrá en un momento.
En unos segundos las lucecitas empezaron a apagarse y se quedó en completa oscuridad.
Entonces sapito miró al cielo y exclamó:
—¡Ohhhhhhhhh!
La luna lucía en el cielo resplandeciente y, sapito se quedó sin palabras porque, aunque había oído hablar de su belleza, jamás la hubiera imaginado tan hermosa.

Al amanecer, un pequeño sapo que acababa de nacer escuchó hablar de la belleza de la luna. Muy decidido salió en su busca.
— Voy buscando a la luna, — dijo primero a una culebra que tomaba el sol placenteramente.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
La culebra pensó por un momento tragarlo de un bocado; pero, le hizo tanta gracia su inocencia que le respondió:
— Vas por buen camino, sigue adelante y con el paso del tiempo la encontrarás.
El sapito muy animado reanudó su camino feliz.
— Estoy buscando a la luna, — dijo más tarde a un águila.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
El águila pensó por un momento tragarlo de un solo bocado; pero, le hizo tanta gracia su inocencia que le respondió:
— Sigue tu camino tranquilo, con un poco más tiempo la encontrarás. Ella te saldrá a buscar.
Y así fue preguntando a todos los animales que iba encontrando por el camino hasta que empezó a anochecer.
— Voy buscando a la luna, — dijo a un búho que estaba en la rama de un árbol.
— ¿Sabes si voy por buen camino?
El búho sonrió al ver al pequeño sapito.
— Sigue tu camino. Enseguida saldrá a buscarte.
El sapito muy animado reanudó su camino feliz.
— Voy buscando a la luna, — dijo después a unas juguetonas luciérnagas.
— ¿Sabéis si voy por buen camino?
Las luciérnagas le contestaron muy divertidas.
Cuando nosotras dejemos de lucir, mira al cielo. Ella saldrá en un momento.
En unos segundos las lucecitas empezaron a apagarse y se quedó en completa oscuridad.
Entonces sapito miró al cielo y exclamó:
—¡Ohhhhhhhhh!
La luna lucía en el cielo resplandeciente y, sapito se quedó sin palabras porque, aunque había oído hablar de su belleza, jamás la hubiera imaginado tan hermosa.
Actividades de comprensión lectora para niños
Uno de los aprendizajes que ha de realizar el niño junto con el de leer es comprender lo leído. Tan importante es lo uno como lo otro, por ello, es importante ayudar al niño desde las primeras etapas de la lectoescritura haciéndole preguntas sobre el texto.
Esto es precisamente lo que te proponemos en Guiainfantil.com, hemos elaborado una serie de cuestiones sobre este cuento infantil sobre la bondad y la solidaridad para que compruebes si tu hijo ha entendido correctamente el cuento:
- ¿Qué animal es el protagonista de la historia?
- ¿Qué iba buscando?
- ¿Por qué crees que los animales que podían comérselo le dejaron seguir su camino?
- ¿Consiguió el pequeño sapo su objetivo?
Uno de los aprendizajes que ha de realizar el niño junto con el de leer es comprender lo leído. Tan importante es lo uno como lo otro, por ello, es importante ayudar al niño desde las primeras etapas de la lectoescritura haciéndole preguntas sobre el texto.
Esto es precisamente lo que te proponemos en Guiainfantil.com, hemos elaborado una serie de cuestiones sobre este cuento infantil sobre la bondad y la solidaridad para que compruebes si tu hijo ha entendido correctamente el cuento:
- ¿Qué animal es el protagonista de la historia?
- ¿Qué iba buscando?
- ¿Por qué crees que los animales que podían comérselo le dejaron seguir su camino?
- ¿Consiguió el pequeño sapo su objetivo?
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